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Opinión

Sí hay mal que dure cien años

Opinión: Estefanía Veloz

El feminicidio se ha vuelto un mal endémico en nuestro país. Y las autoridades siempre culpan a las víctimas de su propia muerte. A la luz de esta triste realidad, la autora hace una pregunta: Si “somos nosotras las culpables de que nos violen y nos asesinen. Entonces ¿podemos decidir de qué forma queremos ser muertas?”.

Regeneración, 22 de mayo de 2017. ¿Cómo quiero que me maten? Según las estadísticas de feminicidios, tengo múltiples opciones: quizá apuñalada con algún objeto punzocortante, golpeada hasta perder la vida o quemada; podría ser con el cable de un teléfono público, como a Lesvy, aunque, ante la falta de imaginación, quedan también, siempre, los balazos.

De acuerdo con las autoridades, somos nosotras las culpables de que nos violen y nos asesinen. Entonces ¿podemos decidir de qué forma queremos ser muertas? Hace unos días fue encontrado en la máxima casa de estudios de México, el cuerpo estrangulado de una mujer de 22 años. Mucha indignación y miedo generó el homicidio de la mujer que solía llamarse Lesvy; a quien ahora la PGJ llama, si bien veladamente, alcohólica, drogadicta, inmoral, estudiante mediocre. De todo menos víctima.

Es muy fácil que la sociedad culpe a las mujeres de todos sus males, pero no es cosa nueva. Digamos que es tan fácil como adjudicarle a la Malinche la caída de un imperio y 500 años de conquista —cosa que se hace más de una vez. De haber sido virgen —virgen morena—, alguna posibilidad habría de que fuera un maternal símbolo en un ayate y no la puta —amante, humana, mujer— causante de la tragedia originaria.

El machismo escapa de las categorizaciones exactas, pero el macho no. El término macho es culturalmente homogéneo. Presume virilidad y, viniendo del macho revolucionario, es hasta folklórico. En los tiempos de la revolución se le asignó al hombre el papel de protector, hombres sin miedo que tenían derecho a robarse mujeres en nombre de la heterosexualidad —esto es de la valentía, que se supone que hace la virilidad; robarse cobardemente a las mujeres como acto de valentía, vale. Fue el único deber revolucionario que nos asignaron: objetos para la satisfacción sexual.

Después, en las películas y los periódicos, se perpetuó la imagen del macho golpeador que anda a caballo, generando así un estereotipo o una imagen ideal. Una imagen que tenía su evidente contraparte en mujeres sumisas y dibujaba golpes en las caras de sus hijas y esposas. Durante la revolución, en 1919 para ser más precisa, Manuel Gamio escribió un libro que se tituló “Forjando Patria” en el cual, muy amablemente, le dedicó un capítulo entero a las mujeres en el que dice



“El feminismo no está en la ocupación, ni en la profesión, sino en el carácter; debiera denominarse «masculinismo», porque es la tendencia que tienen algunas mujeres de masculinizarse en hábitos, en ideas, en aspecto, en alma y. . . . hasta físicamente, si estuviese a su alcance conseguirlo..”

Gamio, todo un caballero, nombró al capítulo “nuestras mujeres” ¿Acaso seríamos de alguien más? Disparatado sería pensar que nos pertenecemos a nosotras mismas, eso está claro. Causa tristeza que el feminismo se entienda como la necesidad de ser hombre, pero es más triste todavía que nada haya cambiado en 98 años desde la publicación de aquel libro. Quien no me crea puede acercarse a los comentarios vertidos a propósito de las universitarias que marcharon la semana pasada en CU.

Qué se puede esperar, si los gobernantes, antes y ahora, son siempre tan ajenos a la realidad del pueblo que gobiernan, fervientes partidarios de llamar al feminicidio un “mal urbano” y al machismo algo de pobres rancheros. Bajo esta premisa, se entiende que Vicente Fox no es machista, él, un ranchero poderoso adinerado, solo es macho. Sin importar que haya dicho que “El 75 % de los hogares de México tienen una lavadora, no de dos patas o de dos piernas, sino una lavadora metálica”. Ya no genera extrañeza la manera en la que las elites se creen sus propias mentiras, pues hace mucho que la vara que mide la crisis del país es el pene del presidente.

Para aclarar lo anterior, tomemos de ejemplo al Estado de México. Estos días, el estado ajustó la hora al reloj electoral. Los afortunados candidatos a la gubernatura del Estado empezaron a bombardear con eslóganes políticos, entre los que llama la atención uno en particular y no porque sea bueno. Alfredo Del Mazo, el candidato del PRI, se asignó como frase oficial “Fuerte y con todo”. Con un mínimo sentido comunicativo ¿no sería muy arriesgado electoralmente mandar un mensaje agresivo y duro a la gente de un Estado que tiene el mayor número de feminicidios y violencia? Es evidente que “Fuerte y con todo” fue escrito por machos y para un macho misógino que busca el voto de un montón de machistas. Me recuerda a las conversaciones que tiene los hombres después de una fiesta. -¿Cómo te fue ayer con tu novia?- “Fuerte y con todo”. Y los debates políticos, más que confrontación de ideas, parecen un concurso para discernir quién la tiene más grande. Es la falocracia rancia del gobierno mexicano, la culpable de que llegar vivas a nuestras casas sea darle la vuelta a una estadística de la que podríamos formar parte el día siguiente.

Necesitamos aliadas en el los puestos de poder, aliadas en el rectorado de la UNAM, en la PGJ, en los juzgados y hospitales. Necesitamos más Diputadas, Senadoras y Gobernadoras. Solo nosotras nos podemos proteger, pues la tarea del patriarcado es poner y la del hombre disponer. Pero es preciso entender que el machismo no es parte de la cultura. Que la cuota de género no es discriminación hacia los hombres. Que hace mucho tiempo que ser mujer en México es un peligro, y ha querido convertirse en un lastre, una pena. Pero aquí seguimos, vivas y altivas. Pese a las miradas lascivas que también son acoso sexual. Pese a las violaciones y a las opiniones de quienes las justifican como Marcelino Perelló, ignorante y sexista. Pese a la criminalización de las víctimas y la asunción social de la violencia como parte de la naturaleza del hombre. Ya se ha dicho, pero debe seguir diciéndose, que los feminicidas no son enfermos mentales, sino machos sanos. Seguiremos, entonces, hablando esas verdades, aunque incomoden a los que se hacen de la vista gorda cuando les conviene.

Sólo juntas romperemos las cadenas.

Publicado originalmente en The Mexican Times
Noticias Acapulco News, Acapulco Guerrero

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