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La gimnasta Oksana Chusovitina con 46 años y en sus octavos Juegos Olímpicos

Oksana Chusovitina

México, 31 de julio del 2021.-  La gimnasta uzbeka Oksana Aleksandrovna Chusovitina, abuela de los Juegos de Tokio 2020, un ejemplo único de longevidad deportiva (participó en ocho Juegos Olímpicos, con dos medallas, y en 17 campeonatos mundiales, con 11 podios), es una destacada de ese segundo grupo. Heredera del carácter férreo, seco, mediterráneo de las tribus nómadas del Asia Central y de sus duros trabajos agrícolas y mineros, la constancia, la perseverancia elevada a la obsesión, forman su identidad.

Infobae nos cuenta su historia. Chusovitina creció entre los campos del norte de Uzbekistán, en la región de Bukhara, donde nació en 1975. Y las cuentas son incontestables: el 19 de junio pasado cumplió 46 años. A esta edad en la que otras gimnastas llevan ya veinte años retiradas y otros tantos como entrenadoras, Chusovitina no supera los 50 kilos en su cuerpo de 1,53 m de estatura, y salva palmo a palmo la pérdida de agilidad. Un prodigio natural: físico y mental.

Oksana fue “descubierta” por los ojeadores de la Unión Soviética en busca de talentos para las escuelas de gimnastas. En la academia de Bukhara vieron a la pequeña de siete años (era 1982) y la pusieron rápidamente bajo un programa de educación y entrenamiento estricto, típico del régimen soviético que estaba en los albores de su implosión. La URSS se deshacía y la Chusovitina adolescente crecía a grandes pasos. El mundo centraba su atención en la figura del secretario del Partido Comunista soviético, Mijaíl Gorbachov; las palabras rusas perestroika (reformas) y glasnot (transparencia) se pusieron de moda como una canción del verano. En medio de esa ebullición política y social Chusovitina empezaba a destacar: en 1988 ganaba los torneos nacionales juniors y, al año siguiente, a punto del derrumbe del muro de Berlín, debutaba en torneos internacionales senior de manera brillante.

Chusovitina en pleno vuelo en Tokio. A los 46 años fue capaz de hacer la Produnova, un salto tabú entre las gimnastas.Chusovitina en pleno vuelo en Tokio. A los 46 años fue capaz de hacer la Produnova, un salto tabú entre las gimnastas.

Con la mira puesta en 1992, en los Juegos Olímpicos de Barcelona, la adolescente uzbeka formó parte del equipo soviético triunfante en los campeonatos mundiales de 1991 disputados en Indianápolis, Estados Unidos, junto a la estilizada y multicampeona bielorrusa Svetlana Boginskaya, su actual entrenadora en Tokio. Su andar resultó primoroso en aquel torneo disputado entre el 6 y el 15 de setiembre: fue oro individual en la prueba de suelo y plata en la que sería su disciplina preferida durante treinta años: salto. Y allí plasmó su clasificación para Barcelona. Pero los diez meses siguientes serían muy agitados, con transformaciones casi semanales. Poco después de su regreso triunfal a Bakhara, se sucedían las noticias de la ruptura inminente de la URSS. En octubre el secretario general del partido comunista regional, Islom Karimov, declaró la independencia de Uzbekistan y convocó elecciones “libres y democráticas” para diciembre, en las que se impuso con el 86 por ciento de los votos. La precipitación del efecto dominó que rompió el resto de las repúblicas soviéticas en semanas, conmovió al mundo y dejó perplejos los inocentes 16 años de Chusovitina. La incertidumbre presagiaba el fracaso de su sueño: la participación en los Juegos Olímpicos durante el verano catalán. Estaba huérfana de país a representar. El hasta hacía un par de meses potente equipo deportivo soviético se había quedado apátrida. El Comité Olímpico Internacional, en una decisión rápida y desesperada se sacó de la manga la oficialización del Equipo Unificado de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) que reunía a deportistas de 12 de las 15 ex Repúblicas soviéticas. Chusovitina sumó así la segunda bandera de las cuatro que representaría a lo largo de su vida deportiva. El oro por equipos coronó a los 17 años su primera participación olímpica. Desde entonces los obstáculos se sucedieron para entorpecer su carrera. Aunque su tenacidad siempre pudo más.

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En 1994, durante los Juegos asiáticos disputados en HiroshimaJapón, se enamoró de un compañero de delegación, el luchador de grecorromana (peso pluma y ligero) Bakhodir Kurbanov (Samarkanda, 1972). La pareja, sin embargo, debió enfrentarse a la oposición de la familia de Oksana, de religión católica ortodoxa, que no veía con buenos ojos a un musulmán como Kurbanov. Tras los Juegos Olímpicos de Atlanta, en los que representaron por primera vez la bandera uzbeka, se casaron en 1997 y se mudaron a Taskent, la capital, a 578 kilómetros de los padres de Chusovitina.

El nacimiento del primer hijo, Alisher, en noviembre de 1999, alivió la relación con los abuelos, aunque el embarazo retrasó la preparación de Oksana para los juegos de Sidney 2000. Pero lejos de claudicar, redobló esfuerzos y allí estuvo una vez más.

 Chusovitina, un ejemplo único de longevidad deportiva, compitió en ocho Juegos OlímpicosChusovitina, un ejemplo único de longevidad deportiva, compitió en ocho Juegos Olímpicos

Solo dos años más tarde, un nuevo golpe cambiaría su vida. Oksana y Bakhodir estaban compitiendo en los Juegos asiáticos de Busán, en Corea del Sur. Ya era mitad de octubre de 2002 y se preparaban para regresar a casa, cuando recibieron un llamado de Nadezhda, la madre de Oksana, que había quedado al cuidado del pequeño Alisher: el chico, de pronto, había empezado a toser con sangre y lo llevaron de urgencia a un hospital. El primer diagnóstico fue neumonía. Tras el retorno urgente los padres se enteraron de una noticia peor: era leucemia. La pareja supo que en Uzbekistán sería imposible salvarlo por la precariedad de los servicios sanitarios e hizo averiguaciones en Alemania, en el hospital de la Universidad de Colonia. Simultáneamente, al difundirse la noticia, le llegó a Oksana una invitación, con beca incluida, de Shanna y Peter Brüggeman, entrenadores del Club Toyota de Colonia, para que entrenara con ellos y así ayudar a solucionar el problema de su hijo. Oksana y su marido no tardaron nada en vender su departamento de tres dormitorios en Taskent y sus dos coches para trasladarse a Alemania. Pese a la preocupación del largo tratamiento de su hijo Oksana se sobrepuso y clasificó para los emblemáticos Juegos Olímpicos de Atenas 2004. A finales de ese año Alisher estaba en pleno proceso de recuperación con la seguridad de que sanaría. Y aunque su marido y su hijo se trasladaron de vuelta a Uzbekistán, Oksana se nacionalizó alemana en 2006 para devolverle su agradecimiento al país que había salvado a su hijo. En Beijing 2008, la alemana fue la cuarta bandera que defendía en Juegos Olímpicos y con un éxito singular a sus ya entonces “viejos” 33 años: obtuvo medalla de plata en salto. El triunfo le dio alas y prolongó su carrera hasta los Juegos de 2012 en Londres, con la promesa de que serían los últimos, y otra vez bajo bandera uzbeka. Para no dejar dudas ya con 36 años, en 2011, Chusovitina fue subcampeona europea y del mundo. Y al año siguiente en la cita olímpica obtuvo un diploma por su quinto puesto en salto.

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¿Era el final? No. Oksana se arrepintió y se aferró a su obsesión competitiva: otro período de cuatro años más y entonces sí, alcanzaría la meta en Rio de Janeiro 2016. Su preparación fue muy dura pero los resultados presagiaban esta vez sí, el final. Allí su séptimo puesto en salto parecía empujarla al adiós, con la ovación del público y la admiración de las grandes estrellas. Nadia Comaneci dijo que no entendía lo que hacía con su cuerpo la uzbeka a sus 41 años, que estaba fuera de toda lógica científica.

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Todavía, a esa edad, Chusovitina era capaz de hacer la Produnova, un salto tabú entre las gimnastas, y al que solo se animaron un puñado de ellas en toda la historia. A la actual estrella del deporte, la gimnasta estadounidense Simone Biles, dice que citar ese salto le “produce terror. La Produnova lleva el nombre de la gimnasta que realizó el salto por primera vez, la rusa Yelena Serguéyevna Produnova (Rostov, 1980), un prodigio de fuerza y agilidad que compitió en Atlanta 1996 y Sidney 2000. El salto consiste en correr a máxima velocidad los 25 metros de la calle de impulso, picar en el pequeño trampolín antes de la tabla o potro, apoyarse con ambas manos, lanzarse hacia atrás y una vez en el aire hacer un doble mortal para clavar los pies en el suelo de frente al potro. El miedo que despierta no es infundado: ya hubo varios casos de lesiones graves cuando las gimnastas han caído sentadas, e incluso corren el riesgo de romperse el cuello si realizan un mal cálculo. Por eso está considerado un salto de máxima dificultad y los jueces le otorgan la mayor puntuación: 7.

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Chusovitina se atrevió con 46 años, un hecho sin precedentes, a competir en Tokio 2020. Porque cuando parecía que Río de Janeiro había marcado la decadencia lógica, aunque tardía, de la uzbeka incombustible, en el campeonato mundial de Stuttgart, en octubre de 2019, justo antes de la pandemia, obtuvo por octava vez consecutiva su clasificación olímpica.

El viernes pasado Chusovitina iba a consumar el inicio de su retirada como abanderada de la delegación de Uzbekistán que desfiló en la ceremonia inaugural de los juegos. Pero los problemas la persiguen hasta el final. Horas antes el Comité Olímpico de su país le comunicó que no llevaría la bandera, sin darle más explicaciones. El último conflicto de la gimnasta, al parecer tiene origen en los celos institucionales de los miembros del comité uzbeko ya que Chusovitina, tras su retirada, está postulada para ser elegida nueva miembro del COI, junto a otros atletas históricos. Sin embargo, para una sobreviviente de la Guerra Fría no parece este un obstáculo, solo una mancha que le ensombrece el vestido de despedida.

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