Opinión

El precio del exceso: La caída de Abelina

Por Luis Enrique Leyva

El precio del exceso: La caída de Abelina
anews
junio 08, 2025 7:02 pm

A lo largo de la historia, hay un hilo rojo que une a quienes, encumbrados por la fortuna
o el favor popular, terminan cayendo no por la fuerza de sus adversarios, sino por la
magnitud de sus propias ambiciones. Alejandro Magno no murió en batalla, sino
consumido por la idea de su propia divinidad. Napoleón no fue derrotado en los campos
de Austerlitz, sino en su empeño ciego por someter a Rusia. Julio César no sucumbió
frente a los galos, sino bajo las dagas de quienes alguna vez lo llamaron amigo. En
política, como en la vida, hay un límite que se cruza no por error, sino por soberbia. Y
cuando eso ocurre, el castigo no tarda.

En Guerrero, tierra de pasiones intensas y lealtades frágiles, se escenifica hoy una
versión modesta pero elocuente de ese drama eterno. La protagonista: Abelina López
Rodríguez, alcaldesa de Acapulco. Su historia, reciente pero ilustrativa, es la de quien
quiso abarcar demasiado sin entender que el poder no se estira como un mantel, sino
que se sostiene con manos firmes, alianzas estables y una noción clara de hasta dónde
se puede llegar sin quebrarlo todo.

Quiso gobernar Acapulco desde la sombra, al tiempo que preparaba su salto hacia la
gubernatura del estado. En lugar de construir un relevo con solvencia, busca imponer a
su secretaria general como candidata de continuidad, convencida de que el poder
heredado es poder asegurado. Pero en política, nada está escrito si no se escribe con
respaldo, estructura y estrategia. Y eso, justamente, fue lo que comenzó a perder.

Es difícil entender el ascenso de Abelina sin mencionar a Marcelo Ebrard. Fue él quien,
en su momento, la adoptó como una figura clave para sus aspiraciones nacionales. Le
dio cobijo, visibilidad y respaldo. En una tierra donde las tribus locales pesan más que
los partidos, la asociación con una figura federal le permitió a Abelina superar
resistencias internas y consolidarse como opción competitiva. Pero ese lazo se tensó
hasta romperse.

El alejamiento con Ebrard ha sido sutil, pero devastador. Ya no hay mensajes cruzados,
ni gestos públicos de apoyo. La cercanía se volvió ausencia. Y con ello, la figura de
Abelina comenzó a desdibujarse en el escenario nacional. Se quedó sola, atrapada en
una contienda local donde las lealtades se negocian con otras monedas y los respaldos
se conquistan con acuerdos, no con recuerdos.

Mientras perdía respaldo arriba, Abelina eligió abrir un frente abajo. Y no uno
cualquiera, sino contra la familia más influyente del estado: los Salgado. Félix, el
patriarca, y Evelyn, la actual gobernadora, no solo controlan el Ejecutivo. Su influencia
se extiende al Congreso, a buena parte del aparato estatal y —detalle nada menor— a
la Auditoría Superior del Estado. Enfrentarlos sin red de protección fue, en el mejor de
los casos, ingenuo. En el peor, suicida.

Abelina apostó por la confrontación directa, reactivando agravios pasados y plantando
cara en un terreno que no dominaba. Subestimó el alcance institucional y territorial de
sus adversarios, y sobrestimó su propia capacidad para resistir. El resultado no tardó:
comenzaron a salir a la luz, con precisión milimétrica, los puntos vulnerables de su
administración.

Y no es que los hayan inventado. Solo bastó con abrir los expedientes.
El golpe más severo no vino de una denuncia, sino de una cifra: 898 millones de pesos
del Fondo de Aportaciones para la Infraestructura Social Municipal (FAISMUN) 2023 sin
comprobación clara. No hablamos de tecnicismos contables. Son recursos etiquetados
para obras sociales, servicios básicos, reconstrucción. Dinero destinado a un Acapulco
que aún se lame las heridas del huracán Otis, y que encontró en la opacidad una nueva
forma de abandono.

La Auditoría del Estado hizo pública esta irregularidad. Y el dato, por sí solo, pesa. No
hay defensa posible cuando una ciudad devastada exige saber dónde está el dinero
que pudo haber hecho la diferencia. Y sin embargo, la respuesta no fue transparencia.
Fue silencio.

Ese silencio duele. Porque no sólo revela incapacidad administrativa, sino desprecio
político. Como si la ciudadanía no mereciera explicaciones, sino distracciones.
En este punto, el relato adquiere tonos de tragicomedia. En lugar de dar la cara,
Abelina eligió cambiar de director de comunicación social. Como si la falta no fuera de
gestión, sino de discurso. Como si el problema fuera de forma, no de fondo. La jugada
fue clara: reconfigurar el mensaje, victimizarse, presentar la crítica como persecución.
Pero esa lógica, que puede funcionar en campañas, naufraga cuando hay vidas de por
medio. En un Acapulco donde aún hay calles sin pavimento, techos sin lámina, familias
sin hogar, pretender que el problema es mediático no solo es un error: es una
irresponsabilidad moral.

Hay una distancia cada vez más grande entre lo que se comunica y lo que se vive.
Entre lo que se dice y lo que se demuestra. Y esa distancia no la resuelve un nuevo
vocero, sino un nuevo sentido de deber.

La historia reciente de Abelina López es, en muchos sentidos, la historia de una caída
anunciada. Una figura que comenzó con potencia narrativa —la mujer del pueblo, la
luchadora social, la voz disidente— y que, al llegar al poder, eligió el camino de la
personalización, la imposición y el simulacro. Quiso más poder del que podía sostener.
Y, al hacerlo, se quedó sin poder real.

Hoy, su nombre pesa menos que las cifras que no puede explicar. Su discurso se
escucha menos que el eco del dinero desaparecido. Y su estrategia se percibe más
como una huida que como una apuesta.

En los viejos tiempos, los emperadores caían cuando el pueblo se daba cuenta de que
su manto era solo humo. Hoy, en la política local, los liderazgos colapsan cuando la
realidad termina por reventar la burbuja del relato.

¿Hasta cuándo seguiremos aceptando líderes que se escudan en la narrativa para
evitar rendir cuentas? ¿Qué tan profundo es el deterioro institucional cuando el
marketing vale más que la evidencia? No lo sé. Pero sospecho que, mientras no
exijamos respuestas reales a preguntas urgentes, el vacío no dejará de crecer. Y, con
él, la desesperanza.

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