Beatriz llevó el color y el sentir de Guerrero a insurgentes
Las batucadas agitaban las calles mientras los danzantes de los tlacololeros hacían sonar sus chirriones
Ciudad de México, 23 de junio de 2026.- La Ciudad de México está acostumbrada a las marchas. Las ve pasar todos los días como quien observa el cauce inagotable de un río. Pero este martes ocurrió algo distinto. No fue una protesta. No fue una manifestación convencional. Fue una irrupción de color y él sentir de Guerrero en el corazón de la capital.

Desde temprana hora, los colores comenzaron a brotar sobre la avenida Insurgentes como si la Costa Chica, la Tierra Caliente y las montañas guerrerenses hubieran decidido emprender juntas un viaje hacia el World Trade Center.
Al frente avanzaba, saludaba, bailaba, se tomaba selfies Beatriz Mojica.
Y detrás de ella, Guerrero entero parecía caminar.

Los sones de artesa de la Tierra Caliente rompían el ritmo cotidiano de la ciudad. Las tamboras golpeaban el aire con la fuerza de un corazón colectivo. Las batucadas agitaban las calles mientras los danzantes de los tlacololeros hacían sonar sus chirriones como si convocaran a los antiguos espíritus de la tierra.
Los automovilistas disminuían la velocidad. Los transeúntes detenían el paso. Los teléfonos celulares se levantaban al unísono para registrar aquella escena que parecía escapada de una fiesta patronal trasladada cientos de kilómetros al asfalto capitalino.
“¡Bety gobernadora!”, retumbaba una y otra vez.
La consigna viajaba entre edificios de cristal y concreto hasta rebotar en las ventanas del World Trade Center.
Beatriz Mojica sonreía mientras avanzaba entre abrazos, porras y música. Se balanceaba con ritmo al frente de la columna humana que la acompañó a formalizar su registro como aspirante a coordinadora estatal para la Defensa de la Cuarta Transformación en Guerrero.
Y mientras caminaba, parecía que las regiones del estado marchaban junto a ella.
La Costa Chica llegaba vestida de fiesta.

Tierra Caliente traía sus sones.
Los tlacololeros cargaban el eco de las montañas.
Y Costa Chica, su tierra, natal, parecía cantar entre la multitud.
Porque había algo profundamente simbólico en aquella escena.
Una mujer afroguerrerense avanzaba por una de las avenidas más emblemáticas del país acompañada por cientos de personas que no sólo la respaldaban; celebraban una historia.
La historia de una niña nacida en la Costa Chica que aprendió desde temprano que los caminos largos se recorren paso a paso.
Por momentos, la marcha parecía transformarse en un gran fandango popular.
Las notas musicales recordaban aquellas viejas estrofas que forman parte de la identidad guerrerense. Como en El Toro Rabón, la alegría caminaba sin pedir permiso, desbordándose entre aplausos y sonrisas. Como sucede en las fiestas de Ometepec, la música no acompañaba a la gente; era la gente la que acompañaba a la música.
Los capitalinos observaban sorprendidos.
No todos entendían la razón de la movilización.
Pero todos comprendían que algo importante estaba ocurriendo.
Porque más allá del acto político, lo que avanzaba por Insurgentes era una manifestación de identidad.
Era Guerrero diciendo presente.
Era la Costa Chica ocupando un lugar en el centro del escenario nacional.
Era la historia de una mujer afrodescendiente que caminaba entre danzas, sones y batucadas llevando consigo la memoria de los pueblos que la vieron crecer.
Al llegar al World Trade Center, los aplausos estallaron nuevamente.
La música siguió sonando.
Las banderas continuaron ondeando.
Y por unos instantes, la Ciudad de México dejó de ser solamente la capital del país para convertirse en una extensión de Guerrero.
La tierra que, por una mañana, hizo vibrar Insurgentes al ritmo de su propia historia.
Y bailábamos tanto que el cielo se emocionó y empezó a llover.
