México versus Inglaterra. Sesenta años después, ahora nos toca ser locales – Propuestas y Soluciones
El éxito no es un accidente. Es trabajo duro, perseverancia, aprendizaje, estudio, sacrificio y, sobre
todo, amor por lo que haces.
Edson Arantes do Nascimiento (El rey Pelé) (1940 – 2022) (Jugador de soccer y político brasileño).
04 de julio de 2026.- El fútbol, o soccer para quienes prefieren nombrarlo en clave internacional, tiene una virtud que pocas actividades humanas conservan: puede convertir la estadística en ilusión, la memoria en desafío y un partido de noventa minutos en una conversación nacional.
México enfrentará a Inglaterra en un partido que no solo despierta expectativa deportiva, sino también una poderosa carga simbólica. La única vez que ambas selecciones se encontraron en una Copa del Mundo fue el 16 de julio de 1966, en Wembley. Inglaterra era local, jugaba en su casa, ante su gente, en el Mundial que terminaría conquistando. El resultado fue 2–0 a favor de los ingleses, con goles de Bobby Charlton y Roger Hunt. Sesenta años después, la historia parece devolvernos el escenario, pero invertido: ahora México es local, ahora el ambiente está de nuestro lado, ahora la tribuna late en español y ahora, por justicia poética —no por arrogancia—, uno quisiera decir que nos toca ganar 2–0.
El historial entre México e Inglaterra ha sido, hay que reconocerlo, favorable para ellos. Nos han ganado con claridad varias veces, particularmente en amistosos jugados en territorio inglés. Sin embargo, hay un dato que merece atención: las dos victorias mexicanas ante Inglaterra se dieron jugando en México. La primera fue en 1959, por 2–1; la segunda, en 1985, por 1–0 en el Estadio Azteca. Es decir, cuando Inglaterra ha venido a jugar a nuestra altura, con nuestra gente, en nuestro clima emocional y deportivo, México ha sabido competirle y ganarle.
No se trata de vender triunfalismo barato. Inglaterra es una potencia futbolística, con jugadores de primer nivel, oficio competitivo y una tradición que pesa. Pero tampoco se vale llegar al partido con complejo de inferioridad. México tiene una oportunidad histórica: jugar en casa, en un Mundial organizado parcialmente por nuestro país, ante una selección grande, con la posibilidad de avanzar y de cambiar el tono de muchas conversaciones que durante décadas han rondado al famoso “quinto partido”, al límite psicológico, a la barrera que parecía escrita en piedra.
Si México gana, el siguiente encuentro sería en cuartos de final contra el vencedor de Brasil contra Noruega. Por historia, jerarquía y peso mundialista, Brasil aparece como el rival más probable; pero el fútbol moderno ya enseñó que nadie debe ser declarado ganador antes de jugar. En cualquier caso, el camino sería enorme: Inglaterra primero; luego, posiblemente Brasil. No hay ruta sencilla cuando se aspira a hacer historia.
Pero este partido también debe leerse más allá de la cancha. Cada juego que México gana aumenta la visibilidad del país. Cada ronda superada multiplica cámaras, visitantes, menciones, reservas, consumo, curiosidad internacional y conversación global. El Mundial no es únicamente una competencia deportiva: es una vitrina turística, económica y cultural.
Un país que avanza en el torneo no solo prolonga la emoción de sus aficionados; también extiende la permanencia simbólica de su marca nacional ante millones de ojos.
México no puede desaprovechar esa exposición. Quien viene a ver fútbol también mira calles, hoteles, restaurantes, playas, museos, aeropuertos, transporte, seguridad, servicios, sonrisas y formas de convivencia. Cada visitante satisfecho puede convertirse en promotor espontáneo del país. Cada mala experiencia, por el contrario, puede transformarse en una cicatriz reputacional. El turismo vive de paisajes, sí, pero también vive de confianza, cortesía, orden y hospitalidad.
Por eso, junto con la emoción deportiva, debe venir un llamado serio a la mesura. Si México gana, celebremos con alegría, pero no con salvajismo. Si México pierde, suframos con dignidad, pero no con violencia. La pasión no autoriza la estupidez. La euforia no justifica el abuso. La derrota no concede permiso para agredir, insultar o destruir. Lo ocurrido alrededor del partido contra Ecuador, con comportamientos inadmisibles de algunos aficionados y celebraciones irresponsables que incluso derivaron en tragedia, debe ser condenado sin matices. Fue deleznable. No representa al México hospitalario que queremos mostrar al mundo.
México debe recibir a los jugadores ingleses y a sus aficionados con cortesía y caballerosidad. Que se sientan rivales, no enemigos. Que escuchen nuestros cantos, pero no nuestra vulgaridad. Que conozcan nuestra intensidad, pero también nuestra educación. Que descubran que el orgullo mexicano no necesita rebajarse a la grosería para hacerse sentir.
Además, vale la pena reconocer que la afición inglesa que llega hoy a México no es necesariamente aquella sombra violenta que marcó episodios oscuros del pasado. Inglaterra ha trabajado durante décadas para contener a los grupos más problemáticos, y se ha documentado que el rostro actual de sus seguidores es muy distinto al de los viejos hooligans. Si ellos han aprendido, también nosotros debemos demostrar madurez. La civilización no se mide cuando uno está tranquilo; se mide cuando la emoción amenaza con desbordarlo.
México tiene ante Inglaterra una oportunidad deportiva, turística y moral. Deportiva, porque puede vencer a una selección histórica y avanzar a cuartos de final. Turística, porque cada minuto adicional en el Mundial proyecta al país ante el mundo. Moral, porque puede demostrar que la alegría nacional no tiene que convertirse en abuso, desorden o vergüenza.
Sesenta años después de aquel 2–0 en Wembley, la pelota vuelve a rodar bajo otro cielo. Entonces ellos fueron locales. Ahora lo somos nosotros. Entonces Inglaterra impuso su casa. Ahora México debe imponer la suya: con fútbol, con carácter, con inteligencia y con dignidad.
Que gane México, sí. Que gane 2–0, si la historia quiere cerrar el círculo con elegancia. Pero, sobre todo, que gane el país: en la cancha, en las calles, en los hoteles, en los restaurantes, en la mirada de los visitantes y en la memoria de quienes descubran que México no solo sabe jugar un Mundial; también sabe recibirlo.
Como decía Pelé, “el éxito no es un accidente”; y en un Mundial, mucho menos. México no puede esperar que la historia se corrija sola: debe jugar con trabajo, perseverancia, inteligencia y amor propio. Recordemos que solamente Juntos, Logramos Generar: Propuestas y Soluciones.
